El dilema moral del “rajón”: la primera lección de impunidad empieza en el salón

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Analiza cómo el silencio ante irregularidades impacta el cumplimiento normativo empresarial y genera riesgos legales en el entorno laboral mexicano.

Un niño observa algo incorrecto en el salón. No es la víctima directa. No lo golpearon a él. No le copiaron a él. No le escondieron sus cosas. Pero vio lo que ocurrió. Y decide decirlo.

Se acerca a la maestra y lo reporta.

Lo que sucede después no siempre es evidente, pero es profundamente formativo. Sus compañeros lo miran distinto. Empiezan los murmullos. “Es un chismoso.” “Es un rajón.” “No se puede confiar en él.” En cuestión de horas, el foco deja de estar en la conducta indebida y se coloca sobre quien la señaló. El infractor pasa a segundo plano. El denunciante carga con la etiqueta.

Ese niño aprende algo poderoso, aunque nadie se lo explique explícitamente: intervenir cuando la injusticia no te afecta directamente tiene un costo social. Hablar te expone. Defender una regla común puede dejarte solo.

La experiencia deja una huella. No necesariamente traumática, pero sí instructiva. La próxima vez que vea algo similar, hará un cálculo distinto. Evaluará si vale la pena intervenir. Considerará el riesgo de quedarse sin grupo. Tal vez concluya que es mejor no meterse.

Ahí nace el dilema moral del “rajón”.

Años después, el escenario cambia, pero la estructura psicológica es la misma. En el trabajo alguien altera cifras. En la oficina pública alguien solicita un pago indebido. En la empresa se tolera una práctica irregular que no nos afecta directamente. Lo vemos. Sabemos que está mal. Pero ahora la pregunta no es infantil; es profesional.

¿Denuncio y me expongo?

¿O guardo silencio y conservo estabilidad?

El adulto recuerda, aunque no lo tenga consciente, aquella primera lección: el que habla paga el costo. El grupo protege su cohesión. La autoridad no siempre protege al denunciante.

En ese punto, el silencio deja de ser indiferencia y se convierte en estrategia. No es que la persona apruebe el ilícito; simplemente decide no asumir el riesgo de enfrentarlo. La cultura del “no seas rajón” madura y se sofistica. Ya no se trata de perder amigos en el recreo, sino de perder oportunidades laborales, reputación o tranquilidad.

Así se consolida una lógica social peligrosa: mientras la irregularidad no me dañe directamente, mejor no intervenir. Se normaliza mirar hacia otro lado. Se convierte en prudencia lo que originalmente era miedo al aislamiento.

La consecuencia es silenciosa pero acumulativa. Cuando nadie interviene frente a pequeñas transgresiones, el infractor aprende que el riesgo es bajo. Cuando el entorno observa y calla, la conducta indebida se vuelve rutina. La impunidad no siempre comienza en grandes actos de corrupción; puede iniciar en pequeñas decisiones colectivas de no intervenir.

El dilema moral del “rajón” no es trivial. Plantea una tensión profunda entre pertenecer y actuar conforme a principios. Entre la lealtad al grupo y la responsabilidad con las reglas comunes. Entre la autoprotección y la participación cívica.

Tal vez la pregunta más incómoda no sea por qué en la adultez preferimos no denunciar, sino cuándo aprendimos que hablar nos convertía en problema. Y si la primera lección ocurrió en un salón de clases, frente a un niño que solo intentó hacer lo correcto.

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